Irene Clouthier y sus universos de plástico
El Nuevo Herald
ADRIANA HERRERA T.

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En el espacio de la galerista Marina Kessler, no quedan casi obras de arte digital de la mexicana residente en Virginia, Irene Clouthier, que representa una nueva generación de creadores.

La demanda de sus fotografías de la serie Paisaje Regio --expuesta en Art Miami y en las ferias Pulse y Scope Miami 2005, paralelas a Art Basel-- ha sido tal que Kessler le ha pedido expandir este tipo de obras, pero ella cree que esa indagación en el paisaje visual de los carteles en Monterrey --que es un comentario mordaz, pero al mismo tiempo un reconocimiento a la ingenuidad estética de la cultura popular latinoamericana--, ha cedido paso a exploraciones en otros espacios. De todos modos, igual hay un interés creciente en sus animaciones o impresiones digitales de escenas construidas con su colección de muñequitos.

El curador Santiago Espinosa, que organizó en el Instituto cultural mexicano de Washington la acertada muestra Espejos --la primera que reunió a los más significativos artistas mexicanos residentes en los Estados Unidos-- incluyó los paisajes plásticos de Clouthier que resumen toda una imaginería popular del deseo y las identidades en tránsito de una ciudad fronteriza como Monterrey. ''Allí se halla por una parte el México colonial y por otra, la visión de Texas metida en la ciudad'', precisa la artista que vivió un largo período en esta ciudad.

Los anuncios publicitarios y las vitrinas de productos que ella capta con una cámara y transforma digitalmente --como la imagen impresa sobre plexiglas Andrés Western, en la que hay un vaquero y juegos con las palabras Western -- reproducen el paisaje urbano con brillante humor. Así capta rasgos de la posmodernidad en Latinoamérica: la hibridación cultural y el borroso límite entre arte y artesanía o entre lo culto y lo popular.

''El arte popular es fantástico. Me maravilla que a la gente se le ocurra hacer imágenes con esa ingenuidad del kitch natural ante la idea de lo bello'', dice. Ella obtura la cámara y luego mete ''una porción de realidad en un universo digital'' no sólo para reproducirlo, sino para desarmarlo hasta entender de qué está hecho y volverlo a armar, a su antojo, con la convicción de que a partir de muestras de contaminación visual, está creando parajes humorísticos, escenas con las cualidades estéticas del plástico.

El gesto de hacer una copia alterada de la realidad está también presente en sus series con muñecos de juguetes donde arma pequeños universos que representan fragmentos de tramas extraídas de la vida. Clouthier explica que los juguetes tipo set que incluían reproducciones de escenarios y áreas cotidianas como la casa, el parque, o el hospital, se crearon tras la Segunda Guerra Mundial para ayudar a los niños a resolver traumas mediante la recreación de sus historias en el juego.

Lo que ella hace en sus obras es seguir jugando, como cuando era niña. La diferencia es que ahora es consciente del acto de escenificar en sus microuniversos historias de su propia realidad o de la del entorno, y manipularlas digitalmente.

Pero nada es tan serio como ese juego de representación. Así lo vive desde el instante en que hace 16 años leyó en Cartas a un joven poeta, de Rilke, la pregunta clave: ``¿Moriría si no escribo? (¿si no creo arte?) Si es capaz de decir sí, construya su vida de cara a esta gran verdad; si por el contrario, su respuesta es no, no se preocupe, será feliz''.

La respuesta de Irene Clouthier ha sido un sí reafirmado a partir de entonces. Cuando estaba haciendo su tesis para graduarse en arte en la Universidad de Monterrey empezó a indagar en esas esferas de plástico con muñequitos sorpresa que se obtienen en las máquinas tragamonedas. Como no se atrevía a alterar el objeto en sí, experimentó la posibilidad de hacer dibujos del original y de ahí pasó a la idea que ha hecho tan singular su lenguaje: fotocopiar el juguete mismo para intervenir la imagen resultante. Así comenzó a incursionar en el arte digital y a desarrollar una aproximación a los muñequitos de plástico como personajes de una narrativa que simula historias del mundo, juegos de relaciones y escenarios.

Ese interés la llevó a coleccionar figuritas humanas y juguetes de plástico que reproducen los objetos de la vida cotidiana, así como a especializarse en Estados Unidos en tecnologías visuales y producción de medios masivos. De esta forma, de esas primeras obras hechas precariamente en un Kinkos, derivó a impecables trabajos digitales en los que recurre al escáner a la fotografía para hacer sus obras miméticas.

¿De qué hablan sus pequeños universos de muñecos? De zonas de su propia experiencia interior ligadas a sectores de la realidad de contextos específicos, vistos siempre a través de esa distancia que da el humor. Sueño plástico es, por ejemplo, una animación en la que narra la sensación del vértigo vivida en los sueños y que tiene que ver con la temprana experiencia de su infancia en el México Norteño, en Culiacán donde la atmósfera de violencia e incertidumbre estaba ligada a la temprana experiencia de la paranoia que experimentan sus pobladores.

Sala de espera con maletas muestra a un muñeco sentado en un cuarto de espera de un aeropuerto. La escena alude a la experiencia que vivió como inmigrante cuando estaba esperando su tarjeta de residencia y no podía salir del país, y, por supuesto, recrea una atmósfera interior que conocen bien incontables hombres y mujeres.

Las imágenes de la serie Paisaje plástico exploran la necesidad contemporánea de crear paisajes artificiales y la ironía que hay en esa suerte de sustitución de realidad. El ser humano no se resigna a perder del todo la misma naturaleza que desplaza y a menudo la destruye y la reproduce con falsas imitaciones. Un pie cuadrado de un paisaje con flores remplaza la cosa real, pero, de cualquier forma, eso que se llama ''cultura moderna'' surge de la relación ambigua con el mundo natural, de la necesidad de enseñorearse de nuevas creaciones artificiales.

Uno de los aspectos más interesantes del trabajo de Clouthier es justamente la materia de la que está hecha: el plástico. En su primera infancia lo descubrió en la fábrica de su padre y su fascinación por los colores, por las formas, por la transparencia, por la dúctil materia, se remonta a entonces. Al tiempo, indaga en su relación con la producción en masa y la cultura de lo desechable, tan conectada a la creciente artificialidad del mundo de hoy.

Es justamente esa ambivalencia entre el placer sensual del plástico y el pensamiento crítico sobre lo que éste representa, unida al ejercicio consciente del juego como mecanismo que permite reproducir áreas de la vida cotidiana, lo que da a sus escenarios un poder visual. Irene CLouthier lleva al espectador a sumergirse en universos visuales que sintetizan en una escena fragmentos de complejas realidades culturales.

Irene Clouthier en Marina Kessler Gallery. 22628 NW 2da Ave. (305) 573-6006.

Colección permanente.